|
HOLA. Somos Nadia y Débora. Vamos andando por la Gran Vía
hechas un cuadro y un poco agobiadas, especialmente Nadia. "¡Qué
fuerte!", dice. "Somos un timo. No damos el pego ni de coña". Es
lunes 16 de diciembre y nos dirigimos a un café moderno de Madrid.
Allí, dentro de tres minutos, vamos a participar en la primera
sesión de Speeddating (cita acelerada) que se organiza en
España. Pero, antes de continuar, una explicación tan veloz como su
concepto: el Speeddating nació en Los Ángeles en 1999.
Preocupados por los problemas de muchos solteros judíos para conocer
a gente de su misma religión, la red internacional judía Aish
HaTorah ideó el Speeddating, que consiste en concertar citas
breves entre desconocidos. El concepto ha evolucionado.
Los requisitos para participar en ésta, la primera cita, es
pagar 35 euros y, en esta ocasión, tener entre 25 y 35 años. A
cambio, conoceremos a siete personas en una hora. "No se trata de un
chat, ni de una agencia matrimonial, sino de una nueva forma
de conocer gente", dicen sus creadores. En fin. Que allá vamos
periodista y Nadia, amiga experta en chats. Es muy escéptica
con el proyecto, ha accedido a venir de mala gana.
Va llegando la gente. A primera vista, ninguno de ellos me corta
la respiración. La competencia femenina parece elevada. Todos
llevamos una pegatina con nuestro apodo en el pecho más papel y boli
para tomar notas. Cada uno de los hombres está en una mesa numerada.
Nosotras iremos rotando, de modo que cuando concluya la velada,
Nadia y yo (Débora) habremos compartido siete minutos con cada uno
de ellos. Tiempo suficiente para que salte la chispa, según los
organizadores.
Suena el gong. Acción. Me encamino a mi pri-mera mesa y me
encuentro con Extranjero, un francés de 32 años sonriente. Para
romper el hielo le hago una de las preguntas que propone la
web: haces un viaje especial de tres años. ¿A qué tres
personas te llevarías? "A mi hermana, a una novia para follar y a un
amigo para contarle lo que hago con mi novia (risas)". No sé, no sé.
¡Gong!
Cambio de mesa. Es el turno de Mariano, de 35 años. Le pregunto
qué le gusta hacer en su tiempo libre. Gran error. Mariano se pone a
hablar de la navegación y de ahí no salimos. No me veo yo surcando
los mares a su lado.
Mesa 3, turno de Trabuco. Amigo de uno de los organizadores y de
aire turbio. Me pregunta si alguna vez he mirado a alguien a los
ojos durante dos minutos. Titubeo y, ¡horror!, me propone que lo
intentemos. Me pongo roja, pero mantengo el tipo. Por el rabillo del
ojo veo a Nadia muerta de risa porque se ha equivocado de mesa y ha
provocado un caos considerable. ¡Gong!
"Hola, soy Mandarino", dice sonriendo de oreja a oreja mi cuarta
cita. Me cuenta que ha estado a punto de dar media vuelta cuando
estaba en la puerta, y me hace gracia. Le pregunto que cuándo fue la
última vez que lloró, y dice que tras una visita a Muxía, al
comprobar los efectos del Prestige.
David. El único que pasa de apodos y se ha plantado su nombre en
el pecho. Engominado, ojos azules. Todo labia. No para de hablar
pero no importa, porque te mueres de risa. Los siete minutos pasan
volando.
No se lo van a creer. Sentado en la sexta mesa me encuentro con
Txino, que resulta ser un compañero de colegio. No le veía desde
hace ocho años. Abrazos, besos. "Pero, ¿qué haces tú aquí?". Ya te
lo contaré otro día…
Mi última cita es Erlantz, pero yo aún estoy pensando que qué
casualidad haberme encontrado con Txino.
A los tres cuartos de hora, el gong suena por última vez. Se
acabó el tiempo. Los organizadores nos explican que tenemos
prohibido darnos los teléfonos. Si queremos contactar con alguien
tendremos que indicarlo en la web. Sólo intercambiarán
nuestros correos electrónicos si también la otra persona desea
vernos, lo que evita malos tragos. Entonces a Nadia, que está ya
superintegrada, se le enciende la bombilla: "¿Por qué no ponemos
todos que queremos quedar con todos y organizamos una gran
quedada?". Prueba superada. De momento. |